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Blog de Ricardo Pérez Roda.
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miércoles, 6 de agosto de 2025
Excelentisimo soldado
"Váyanse ustedes, que tienen hijos. Yo me quedo” gritó Oscar Ismael Poltronieri mientras disparaba contra más de 600 ingleses desde el "Monte Dos Hermanas" en las Islas Malvinas hace 37 años. Oscar Ismael Poltronería con 18 años y siendo analfabeto, por sus acciones de combate durante la batalla del "Cerro Dos Hermanas" en la Guerra de Malvinas, quien era operador de una ametralladora, y desoyendo la orden de retirada y quedándose combatiendo él solo, permitió el repliegue de todos sus compañeros (más de 150 soldados incluidos sus superiores) a zonas seguras y disparando al enemigo con su única boca de fuego. Impidió el avance de todo el dispositivo ofensivo británico durante más de 10 horas. No podía moverse por estar herido. Prefirió quedarse cubriendo la retirada de sus compañeros, consciente de que, herido como estaba, los iba a retrasar. Solito, herido y de noche, se bancó enfrentar a los soldados más profesionales del mundo. Por este acto recibió la medalla "La Cruz de la Nación Argentina al Heroico Valor en Combate". Es el único soldado conscripto vivo en recibir la máxima condecoración que otorga nuestra Nación. Luego de la Guerra, Oscar intentó suicidarse, vendió baratijas en los colectivos y trabajó de remisero. Pero lo más importante fue que soldados y oficiales ingleses lo buscaron para expresar su admiración por él y fue condecorado en Inglaterra con "La Cruz de Hierro al Valor".En los colegios de nuestro país los alumnos no lo conocen, no saben quién es.La historia es contar, narrar los acontecimientos, hechos, junto a sus personajes, los verdaderos protagonistas.Al contar y compartirlo colaboramos con el maravilloso proceso de construcción de la memoria y el honor de un pueblo, de una Nación "Argentina" y su transmisión a las generaciones venideras."...Los únicos héroes que se mueren son los que se olvidan..."
Visto en el Facebook de Winston Smith
sábado, 24 de agosto de 2024
Albert Camus sobre Kafka
Todo el arte de Kafka, consiste en obligar al lector a releer. Sus desenlaces, o la ausencia de desenlaces, sugieren explicaciones, pero que se revelan claramente y que exigen, para que parezcan fundadas, una nueva lectura del relato desde otro ángulo. Un símbolo está siempre en lo general, y por precisa que sea su traducción, un artista no puede restituirle sino el movimiento: no hay traducción literal. Un símbolo supera siempre a quien lo emplea.Un símbolo siempre supera a quien lo emplea y le hace decir en realidad más de lo que quiere expresar. En cuanto a Kafka en particular, está bien consentir en su juego y acercarse al drama por la apariencia y a la novela por la forma.
A primera vista, y para un lector desapegado, se trata de aventuras inquietantes que arrastran a personajes temblorosos y obstinados en la persecución de problemas que no formulan nunca. En el “El proceso” es acusado Jose K. Pero no sabe de que. Quiere, sin duda defenderse, pero ignora porque. Los abogados encuentran difícil su causa. Entre tanto, no deja de amar, de alimentarse o de leer su diario. Luego le juzgan, pero la sala del tribunal está muy oscura y no comprende gran cosa. Supone únicamente que lo condenan, pero apenas se pregunta a que. A veces duda de ello y también sigue viviendo. Mucho tiempo después, dos señores bien vestidos y corteses van a buscarle y le invitan a que les siga. Con la mayor cortesía le llevan a un arrabal desesperado, le ponen la cabeza sobre una piedra y lo degüellan. Antes de morir el condenado dice solamente:” Como un perro”.
Del libro de Albert Camus, “El mito de Sísifo”. Hoy en día estos sucesos simbólicos suceden pero si los cuentas nadie te va a creer.
lunes, 1 de julio de 2024
Dali y Picasso
El gobierno de Franco construyo y pago el museo Picasso y Dalí el suyo ante la negativa del mismo gobierno. En vida del dictador el Museo Picasso fue inaugurado a bombo y platillo, el de Dalí se abrió sin autoridades. El dinero de los españoles enjuga el déficit crónico del Museo Picasso, mientras que el Museo Dalí realiza beneficios. Dalí: “Picasso es comunista… yo tampoco”. En los pasillos del poder, obnubilados por intereses y cálculos, no se oye el soplo de la belleza. El interés que nos lleva de la barba es el quimérico el soñado.
Fernando Arrabal
“La luz dudosa del día”
miércoles, 12 de junio de 2024
Klaus Mann sobre Hitler
Sin duda yo estaba contra Hitler, desde el principio incondicionalmente, sin reserva alguna de tipo psicológico-pacifista o diabólico paradójico. Ni mi más vigilante enemigo mortal conseguiría descubrir en todos mis escritos una sola frase que, en un sentido cualquiera, correspondiera o hiciera concesiones a la filosofía nazi o al gusto nazi. Aquella ideología no me iba, me horrorizaba y asqueaba, me resultaba odiosa y contra natura. No cabe duda de que eso a es algo, un argumento que puede aducirse a favor de mi instinto ético y mi capacidad de discernimiento político. Basta con encogerse de hombres asqueado.
No me entraba en la cabeza que los alemanes tomaran seriamente a Hitler por un gran cerebro, incluso por el Mesías. ¿Hitler grande? ¡Bastaba verle!
Tuve repetidas ocasiones de estudiar su fisonomía. Una desde muy cerca, durante casi media hora. Era en 1932, aproximadamente un año antes de la toma de poder. El salón de té Carlton, de Múnich, era uno de los locales preferidos por Hitler, algo que yo desconocía por completo, cuando entré allí una tarde para tomar una taza de café. Me decidí por este local porque el Café Luitpold, justo enfrente, en la otra acera de la Brienner Strasse, era desde hacía poco lugar de reunión de los hombres de la SA y de la SS. Las personas decentes ya no lo frecuentaban. El Führer, según descubrí, compartí mi aversión a sus valerosos muchachos; también el prefería la intimidad del distinguido tea-room. Allí estaba, rodeado de unos pocos compinches elegidos, degustando su tartita de fresas. Me senté en la mesa de al lado, a menos de un metro de distancia. El se zampo otra tartita de fresas con nata (los pasteles en el Carlton eran buenos), luego una tercera, si es que no era ya la cuarta. A mi también me gustaban los dulces, pero el espectáculo de su avidez entre infantil y bestial me quito el apetito. Además, ya que el azar me había conducido hasta allí, quería concentrar toda mi atención en el glotón de la mesa vecina, algo que habría sido difícil si yo mismo me hubiera dedicado a saborear pasteles.
Dos preguntas, sobre todo, me inquietaban en estos treinta minutos de siniestra proximidad. Primera: ¿en qué radicaba el misterioso del impacto, de la fascinación de este personaje? Y segunda: ¿a quién me recordaba, a quien se parecía? Indudablemente se parecía a un hombre que yo no conocía personalmente, pero cuyo retrato había visto a menudo. ¿Quién era? No era desde luego Charlie Chaplin, ¡Por Dios no! Chaplin tenía el mismo bigotito, pero no esa nariz, carnosa, vulgar, casi obscena que ya me había impresionado antes como el detalle más repugnante y más característico de la fisónoma de ese hombre. Chaplin poseía encanto, gracia, ingenio, intensidad, unas características que brillaban por su ausencia en el comensal que sorbía estrepitosamente la nata a mi lado. Este mas bien parecida de un material y de una naturaleza sumamente toscos, un hombre vulgar maligno con una mirada histéricamente turbia en un rostro blanquecino y abotargado. ¡Nada que permitiera suponer grandes o, al menos talento!
No era una sensación agradable estar cerca de un ser parecido; y sin embargo no me cansaba de estudiar ese antipático rostro. Nunca me había parecido especialmente atractivo, ni en fotos ni en la tribuna de oradores iluminada; pero la fealdad ante la que me encontraba ahora sobrepasaba todas mis expectativas. La ordinariez de sus rasgos me tranquilizaba, me hacia bien. Le miraba y pensaba: nunca vencerás, Schicklugruber – apellido de la abuela paterna de Hitler- aunque te mates a gritar. ¿Tu pretendes dominar Alemania?, ¿Quieres ser dictador con esa nariz?, ¡No me hagas reír! Eres tan mediocre que casi me darías penas si tu mediocridad no fuera tan abyecta… Anda pide otra tartita de fresas, Schicklugruber, (ya van cinco ¿no?), dentro de unos años no te las podrás permitir, serás un mendigo, un olvidado, en unos pocos añitos. ¡Jamás llegaras al poder!
¿No había una aureola sangrienta sobre su cabeza para advertirme? ¿O una inscripción en la pared del salón de té del Carlton? No, no se percibía nada anómalo. Solo una discreta iluminación rosa, una música suave, pasteles a montones y en medio de este idilio dulce como la nata, un hombre bajito, antipático pero sin duda inocuo, con un bigotito ridículo y frente obcecada que, rodeado de su amigos, igualmente insignificantes, bebía a sorbos su taza de chocolate. Capte algunos fragmentos de su conversación. Discutían sobre el reparto de una revista música que se estrenaba esa misma noche en el Kammmerpiele de Múnich. Una de nuestras mejores amigas, la excelente actriz de carácter Therese Ghiese, tenía en ella el primer papel. El Führer declaro que le apotecia la función. Primero por la opereta era un genero gracioso (humor sano, te ríes todo que quieres), segundo y sobre todo por la Ghiese, a la el Führer califico de simplemente genial.
- Es una actriz popular como solo las hay en Alemania- constato retadoramente, y su semblante se ensombreció porque uno de sus compañeros, opino cautamente que la tal dama por lo que él sabía no era aria pura.
- Algún problema de origen… Racialmente no es intachable...-murmuro el impertinente secua. A lo que el del bigotito, que hasta entonces había hablado con calma forzada, alzo alarmante la voz.
- Maledicencias- sentencio en el ceño fruncido- ¡Como si yo no supiera distinguir entre un talento natural germánico y un sucedáneo semita!
Me costó no soltar la carcajada. ¡Que pena que no estuviera aquí la Ghiese para oír estos disparates!
No llegaras jamás al poder, estúpido Schicklegruber, pensé otra vez, ahora de excelente humos. Mientras llamaba a la camarera para pagar mi consumición, descubrí de pronto a quien me recordaba aquel personaje. A Haarmann, naturalmente. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?- Eso es, se parecía al asesino de niños de Hannover, cuyo proceso había causado sensación hacia poco. ¿Seria el aficionado a la opereta el austriaco tan letal como su doble del norte de Alemania? Este Barba Azul homosexual había logrado atraer hasta treinta o cuarenta niños a su acogedora habitación en la que les cortaba el cuello durante el acto sexual, fabricando luego con los cadáveres sabrosas salchichas. Una proeza sobre todo si se piensa que el diligente pederasta vivía en una estrecha casa de alquiler entre vecinos vigilantes. Pero donde hay una voluntad, hay un camino. Con obstinación tenaz se acaba consiguiendo lo aparentemente imposible. El parecido entre estos dos hombres de acción me choco. El bigote y el flequillo la mirada torva, la boca al mismo tiempo resentida y brutal, la frente testaruda, incluso la nariz indecente, ¡Eran las misma características!
martes, 11 de junio de 2024
Carta del Piel Roja Seattle 1819
En 1819 el piel roja Seatle envió una carta abierta – verdadero libro blanco de la ecología, escrito antes de que la ecología existiera- a James Monroe presidente de Estados Unidos.
“El gran jefe de Washington ha mandado hacernos saber que quiere comprar las tierras junto con palabras de buena voluntad. Mucho agradecemos este detalle porque bien conocemos la poca falta que le hace nuestra amistad. Queremos considerar el ofrecimiento porque bien sabemos que, si no lo hiciéramos pueden venir los rostros pálidos a arrebatarnos las tierras con armas de fuego.
Pero ¿cómo podéis comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea nos resulta extraña. Ni el frescor del aire ni el brillo del agua son nuestros. ¿Cómo podrían comprarse? Tenéis que saber que cada trozo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. La hoja verde, la arena de la playa, la niebla del bosque, el amanecer entre los árboles, los pardos insectos… son experiencias sagradas y recuerdos de mi pueblo. Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra cuando comienzan el viaje a través de las estrellas. Nuestros muertos nunca se alejan de la tierra, que es la madre. Somos una parte de ella y la flor perfumada, el ciervo, el caballo y el águila majestuosa son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre; todos pertenecen a la misma familia. Por eso cuando el gran jefe de Washington nos dice que quiere comprar las tierras, añade que nos reservara un lugar en el que podamos vivir confortablemente, entre ellos. Él se convertirá en nuestro padre y nosotros en sus hijos. Por ello consideramos su oferta de comprar nuestra tierra. No es fácil ya que esta tierra es sagrada para nosotros. Lo que pide es demasiado.
El agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. Si os vendiéramos, tendríais que recordar que son sagrados y enseñarlo así a vuestros hijos… También los ríos son nuestros hermanos porque nos liberan de la sed, arrastran nuestras canoas y nos procuran peces y cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuenta los sucesos y recuerdos de las vidas de nuestras gentes. El murmullo del agua es la voz del padre que mi padre. Si, gran jefe de Washington.
Los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed, son portadores de nuestras canoas y del alimento de nuestros hijos. Si les vendemos nuestra tierra, ustedes deben recordar y enseñarles a sus hijos que los ríos son nuestros hermanos y también los suyos. Y por lo tanto deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.
Por supuesto que sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra manera de ser. Tanto le da un trozo de tierra que otro, porque es como un extraño que llega de noche a sacar de la tierra todo lo que necesita. No la ve como hermana sino como enemiga. Cuando ya la ha hecho suya la desprecia y sigue caminando hacia adelante, dejando atrás la tumba de sus padres. Le secuestra la vida a sus hijos. Tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, la tierra y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devora la tierra dejando atrás solo un desierto.
No lo puedo entender. Nosotros somos de una manera de ser muy diferente. Vuestras ciudades hieren los ojos del hombre de piel roja. Quizá sea porque somos salvajes y no podernos comprender. No hay solo sitio tranquilo en las ciudades del hombre blanco. Ningún lugar donde se pueda oír durante la primavera el despliegue de las hojas o el rumor de las alas de un insecto. Quizás es que es un insulto para el oído. Y yo me pregunto: ¿Qué clase de vida tiene el hombre que no puede escuchar el grito solitario de la garza o la discusión nocturna de las ranas en torno a la balsa? Soy piel roja y no lo puedo entender. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque, así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aromas de pinos.
El aire tiene un valor inestimable para el piel roja, ya que todos los seres comparten un mismo aliento: la bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire. El hombre blanco no parce consciente del aire que respira. Como un moribundo que agoniza durante muchos días es insensible al hedor. Pero si le vendemos nuestras tierras deben recordar que el aire comparte su espíritu con la vida que sostiene. El viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida también recibe sus últimos suspiros. Y si les vendemos nuestras tierras ustedes deben conservarlas como cosa aparte y sagrada, como un lugar donde incluso el hombre blanco pueda saborear el viento perfumado por las flores de las praderas.
Cuando el ultimo piel roja haya desaparecido de esa tierra, cuando su sombra no sea más que un recuerdo, como el de una nueve que pasa por la pradera, estas riberas y estos bosques todavía estarán poblados por el espiritu de mi pueblo. Porque nosotros amamos este país como ama el niño los latidos del corazón de su madre.
Si decidiese aceptar vuestra oferta, tendré que poneros una condición: que el hombre blanco considere a los animales de estas tierras como hermanos. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida.
He visto millares de búfalos pudriendose abandonados en las praderas, muertos a tiros, por el hombre blanco desde un tren en marcha. Son n salvaje y no comprendo como una maquina humeante puede importar más que el búfalo, al que nosotros matamos solo para sobrevivir.
¿Qué puede ser del hombre sin los animales? Si todos los animales desapareciesen, el hombre moriría en una gran soledad. Todo lo que les pase a los animales muy pronto le sucederá también al hombre. Todas las cosas están ligadas.
Deben enseñarles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos. Inculquen a sus hijos que la tierra esta enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin de que sepan respetarla.
Enseñen a sus hijos que nosotros hemos enseñado a los nuestros que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurre a la tierra, le ocurrirá a los de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo se escupen a sí mismos.
De una cosa estamos seguros: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra. Todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. Todo va enlazado.
Todo lo que le ocurre a la tierra les ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre no tejió la trama de la vida, él es solo un hijo. Lo que hace con la trama de la vida, se lo hace a sí mismo. Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común. Después de todo quizá seamos hermanos. Ya veremos.
Sabemos una cosa que quizá el hombre blanco descubra algún día: nuestro Dios es el mismo Dios. Ustedes pueden pensar que ahora él les pertenece lo mismo que desean que nuestras tierras les pertenezcan. Pero no es así. Él es Dios de los hombres y su compasión se reparte por igual entra el piel roja y el hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él y ese daño provocaría la ira del creador.
También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus. El hombre no ha tejido la red de la vida, pues solo es uno de sus hijos y esta tentando a la desgracia si osa romper esa red. Estamos bien seguros: todas las cosas están ligadas como la sangre de una misma familia. Si ensuciáis vuestro lecho, cualquier noche moriréis sofocados por vuestros propios excrementos.
Pero ustedes caminaran hacia su destrucción rodeados de gloria, inspirados por la fuerza de Dios, que les trajo a esta tierra y que por algún designio especial les dio dominio sobre ella y sobre el piel roja. Este designio es un misterio para nosotros, pues no entendemos por que se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el pasaje de las exuberantes colinas con cables parlantes. ¿Donde está el bosque espeso? Desaparecio. ¿Donde está el Águila? Desapareció…
Así se acaba la vida y solo nos queda la supervivencia.
Carta del Piel Roja Seattle en 1819, al presidente de los Estados Unidos James Monroe.
Del libro: El sendero de la mano izquierda
Autor: Femando Sánchez Drago.
sábado, 18 de febrero de 2023
En torno a la locura
Pregunte a don Rafael si tienen acogidos muchos alcohólicos y me dice:
Sí un cuarenta por ciento de la población interna corresponde a los dementes al alcohólicos. Hemos tratado por todos los medios de hacer que aborrezcan el vicio pero no nos ha acompañado la suerte la suerte. Hasta forme un grupo psicoterapéutico con ex alcohólicos procedentes del manicomio. El mal abunda entre los ferroviarios. Pues bien cuando dábamos de alta a un alcohólico, facilitábamos su nombre y dirección con el fin de que le ayudasen a vencer sus inclinaciones. Al principio, todo fue bien, pero luego pusieron tal vehemencia, tal fanatismo digamos, en su trabajo, que llegaron a insultar e incluso a amenazar a los reincidentes. Aquello no era ya un grupo psicoterapéutico, sino un comando de la Gestapo. En vista de ello, tuvimos que proceder a su disolución. ¿ Y qué cree usted que hicieron entonces?. Pues para demostrarme que eran hombres se dieron todos otra vez a la bebida y acababan sus jornadas borrachos perdidos.
Del libro “Mi viaje alrededor de la locura” de Angel Mª de Lera.
jueves, 6 de agosto de 2015
Matar un ruiseñor, es un libro de obligada lectura. No solo obligada por el argumento del libro. En el fondo el libro está basado en la diferencia de trato que en aquellos años existían entre las gentes de raza blanca y la de raza negra en los Estados Unidos. Un tema candente de gran controversia en la sociedad americana de aquellos tiempos. Donde casi todo el mundo tomaba parte o elección por alguno de los dos bandos. Por supuesto que tomar partido en aquel entonces por las gentes de color, era un acto de heroicidad y de nobleza. El abogado Atticus Finch encarna muy loablemente la figura del abogado que toma partido por una causa perdida en favor de un reo de color, al que la opinión publica de un pueblo perdido de la América profunda ya ha condenado previamente.
El libro es una auténtica delicia de leer, te quedas con los personajes, sobre todo los infantiles, que en verdad no lo son tanto. La trama, el argumento están muy bien estructuradas, no te cansas de leer las páginas del libro. El protagonista principal siempre te va cautivando con su personalidad a lo largo de todo el libro. Pienso que es un relato excelente, recibió en su momento el premio Pulitzer.
Más tarde he leído, de que el gran literato Truman Capote, autor del inolvidable libro “A sangre fría” y Harper Lee, nacieron en el mismo pueblo Monreoville (Alabama), que se conocían tenían edades parecidas e incluso colaboraron juntos. Pero ni que decir tiene que al ser del mismo pueblo y dedicarse a la mismo no supuso que su amistad fuese idílica, de hecho hubo entre ambos diferencias y desencuentros a lo largo de toda su amistad y colaboración. Esta amistad añade un dato muy interesante a la gran obra que de por si es “Matar a un Ruiseñor.” Libro que recomiendo como lectura grata e interesante.
sábado, 3 de mayo de 2014
lunes, 16 de enero de 2012
Robert Walser en "El Paseo"
Muy señor mío:
Este peculiar tratamiento podrá darle la certeza de que el remitente
le muestra absoluta frialdad. Sé que no es de esperar respeto por
mí de usted y de los que son como usted; porque usted, y los que son
como usted, tienen una desmedida opinión de sí mismos, que les
impide comportarse con inteligencia y consideración. Sé con certeza
que usted forma parte de esas gentes que se creen grandes por ser
irrespetuosas y descorteses, que se creen poderosas porque disfrutan
de protección, y que se creen sabias porque se les ocurre la palabrita
«Sabio». La gente como usted se atreve a ser dura, descarada, grosera y
violenta frente a la pobreza y frente a la desprotección. La gente como
usted posee la extraordinaria sabiduría de creer que es necesario estar
en lo más alto en todo, poseer un gran peso en todas partes y triunfar a
todas las horas del día. La gente como usted no se da cuenta de que eso
es necio, de que ni entra dentro de lo posible ni puede ser deseable. La
gente como usted es jactanciosa y está dispuesta en todo momento a
servir celosamente a la brutalidad. La gente como usted es muy valiente
para evitar con cuidado todo verdadero valor, porque sabe que todo
verdadero valor promete perjuicios, y es muy valiente para presentarse
siempre como buena y hermosa, testimoniando enorme placer y enorme
celo. La gente como usted no respeta ni la edad ni el mérito, ni sin
duda el trabajo. La gente como usted respeta el dinero, y el respeto al
dinero le impide respetar cualquier otra cosa.Quien trabaja honradamente
y se esfuerza afanoso es, a los ojos de gente como usted, un
completo asno. No me equivoco; porque mi dedo meñique me dice que
tengo razón. Me atrevo a decirle a la cara que abusa de su cargo, porque sabe muy bien qué complicaciones e incomodidades traería
darle un correctivo; pero con todo el favor y benevolencia de que goza,
y los favorables presupuestos de que se rodea, aun así se sabe atacado;
porque siente sin duda cuánto vacila. Traiciona la confianza, no
mantiene su palabra, daña sin pensar el valor y el prestigio de aquellos
que con usted tratan, los explota sin compasión cuando dice hacerles
bien, traiciona al servicio y calumnia al amable servidor,es extremadamente voluble e inseguro y muestra cualidades que se pueden
disculpar en una muchacha,pero no en un hombre.Disculpe que me
permita tenerlo por muy débil, y permítame, junto con la sincera
afirmación de que considero aconsejable mantenerme en el futuro
profesionalmente a distancia de usted, la aun así necesaria medida y el
absolutamente dado grado de respeto por parte de un hombre que tuvo
la distinción y el desde luego moderado placer de conocerle.
Este peculiar tratamiento podrá darle la certeza de que el remitente
le muestra absoluta frialdad. Sé que no es de esperar respeto por
mí de usted y de los que son como usted; porque usted, y los que son
como usted, tienen una desmedida opinión de sí mismos, que les
impide comportarse con inteligencia y consideración. Sé con certeza
que usted forma parte de esas gentes que se creen grandes por ser
irrespetuosas y descorteses, que se creen poderosas porque disfrutan
de protección, y que se creen sabias porque se les ocurre la palabrita
«Sabio». La gente como usted se atreve a ser dura, descarada, grosera y
violenta frente a la pobreza y frente a la desprotección. La gente como
usted posee la extraordinaria sabiduría de creer que es necesario estar
en lo más alto en todo, poseer un gran peso en todas partes y triunfar a
todas las horas del día. La gente como usted no se da cuenta de que eso
es necio, de que ni entra dentro de lo posible ni puede ser deseable. La
gente como usted es jactanciosa y está dispuesta en todo momento a
servir celosamente a la brutalidad. La gente como usted es muy valiente
para evitar con cuidado todo verdadero valor, porque sabe que todo
verdadero valor promete perjuicios, y es muy valiente para presentarse
siempre como buena y hermosa, testimoniando enorme placer y enorme
celo. La gente como usted no respeta ni la edad ni el mérito, ni sin
duda el trabajo. La gente como usted respeta el dinero, y el respeto al
dinero le impide respetar cualquier otra cosa.Quien trabaja honradamente
y se esfuerza afanoso es, a los ojos de gente como usted, un
completo asno. No me equivoco; porque mi dedo meñique me dice que
tengo razón. Me atrevo a decirle a la cara que abusa de su cargo, porque sabe muy bien qué complicaciones e incomodidades traería
darle un correctivo; pero con todo el favor y benevolencia de que goza,
y los favorables presupuestos de que se rodea, aun así se sabe atacado;
porque siente sin duda cuánto vacila. Traiciona la confianza, no
mantiene su palabra, daña sin pensar el valor y el prestigio de aquellos
que con usted tratan, los explota sin compasión cuando dice hacerles
bien, traiciona al servicio y calumnia al amable servidor,es extremadamente voluble e inseguro y muestra cualidades que se pueden
disculpar en una muchacha,pero no en un hombre.Disculpe que me
permita tenerlo por muy débil, y permítame, junto con la sincera
afirmación de que considero aconsejable mantenerme en el futuro
profesionalmente a distancia de usted, la aun así necesaria medida y el
absolutamente dado grado de respeto por parte de un hombre que tuvo
la distinción y el desde luego moderado placer de conocerle.
jueves, 5 de enero de 2012
Job
Job
- Bien una pregunta -digo a Morrie-. Sujeta con los dedos huesudos sus gafas sobre el pecho, en el que se cansa con su respiración trabajosa.
- ¿Cuál es la pregunta?- dice.
-¿Recuerdas el libro de Job?
-¿De la Biblia?
- Eso es. Job es un buen hombre, pero Dios le hace sufrir. Para poner a prueba su fe.
- Lo recuerdo.
- Lo despoja de todo lo que tiene, de su casa, de su dinero, de su familia.
- De su salud.
- Lo pone enfermo.
- Para poner a prueba su fe.
- Eso es. Para poner a prueba su fe. Entonces me pregunto...
-¿Que te preguntas?
-¿Que opinas de eso?
Morrie tose violentamente. Le tiemblan las manos mientras él las deja caer junto a sus costados.
- Creo que a Dios se le fue la mano-dice sonriendo.
Del libro " Martes, con mi viejo profesor".
- Bien una pregunta -digo a Morrie-. Sujeta con los dedos huesudos sus gafas sobre el pecho, en el que se cansa con su respiración trabajosa.
- ¿Cuál es la pregunta?- dice.
-¿Recuerdas el libro de Job?
-¿De la Biblia?
- Eso es. Job es un buen hombre, pero Dios le hace sufrir. Para poner a prueba su fe.
- Lo recuerdo.
- Lo despoja de todo lo que tiene, de su casa, de su dinero, de su familia.
- De su salud.
- Lo pone enfermo.
- Para poner a prueba su fe.
- Eso es. Para poner a prueba su fe. Entonces me pregunto...
-¿Que te preguntas?
-¿Que opinas de eso?
Morrie tose violentamente. Le tiemblan las manos mientras él las deja caer junto a sus costados.
- Creo que a Dios se le fue la mano-dice sonriendo.
Del libro " Martes, con mi viejo profesor".
viernes, 7 de octubre de 2011
Sin destino
Sin destino de Imre Kertész , es un libro que no deja indiferente. Se lee con gran interés, pero no con el interés de una trama bien argumentada. Lo más notable del libro, es que nunca pasa nada. Se diría que carece de trama argumental propiamente dicha. A medida que lo vas leyendo se produce en tu interior una especie de catarsis psicológica, que te hace sentir un especial cariño por el personaje principal del libro.
En el mismo hay escenas muy vividas, como cuando la despedida del padre, al incierto lugar de destino. Pues entonces se intuía, pero a ciencia cierta no se sabía, el destino que les deparaba a los judíos en la Gran Guerra. La despedida entre los familiares y amigos, el ambiente desolado y triste por lo incierto de la situación. Porque el libro de lo que trata es del destino que les esperaba a los judíos en los campos de concentración. Una de las cosas que más asombra del libro es la sencillez con la que cuenta, el infierno y el calvario sufrido por los judíos en los campos de exterminio. Como se vivía el día a día. Lo importante para los internos, era el sobrevivir al día siguiente, sin más horizonte vital que ver el amanecer de un nuevo día. Como la lucha por la supervivencia y por la comida, era el motivo principal de su luchar diaria. Una comida escasa y restringida al máximo, insuficiente, que producía una sensación indefinida de hambre total a la que era muy difícil acostumbrarse.
Todo esto el autor lo cuenta con una naturalidad que te sorprende. Ve normal que el horizonte vital de una persona sea el poder sobrevivir como sea e intentar no caer en el abismo de los condenados a la muerte en las cámaras de gas, por decisiones arbitrarias de los encargados de la vigilancia del campo de concentración.
Te encuentras que todo es una especie de absurdo incomprensible, desde como ocurre su deportación a un campo de concentración a su peripecia vital en el mismo. Ves como intenta con todas sus fuerzas intentar sobrevivir, pero las fuerzas y el cuerpo no le responden en absoluto. Como va perdiendo vitalidad por la falta de higiene y de alimentación. Es sobrecogedor lo que relata sobre la falta de higiene, un verdadero infierno en vida.
Una de las cosas que más me han llamado la atención es que en el relato, el autor, no llega a sentir odio por sus verdugos, en cierta manera los comprende, es muy indulgente para con ellos, a pesar de que es consciente de todas las atrocidades que cometen. Los ve como un engranaje de una cadena, de la que ellos los verdugos no son del todo responsables. La falta de odio y la indulgencia para con los verdugos, es una de las grandes paradojas de este libro. Un gran libro para leer y reflexionar.
viernes, 23 de septiembre de 2011
El cuerpo nunca miente
Alice Miller nació en Lemberg entonces Polonia hoy Ucrania el 12 de Enero de 1923 – Sant Remy de Provence Francia, el 12 de Abril de 2010.
Alice Miller fue una conocida psicóloga por sus estudios sobre el maltrato infantil y su posteriores consecuencias en la vida individual de las personas. En sus investigaciones psicológicas en torno a la infancia, demostró que el comportamiento de los padres para con los hijos repercute muy seriamente en el posterior desarrollo individual de los mismos.
Es por esta causa que en sus escritos se encontró con una ley no escrita, pero de permanente actualidad. La ley del cuarto mandamiento como ella lo denomina, “honraras a tu padre y a tu madre”. Esta ley no escrita en la sociedad pero de obligado cumplimiento moral en toda ella, es la que provoca está completa indefensión ante el maltrato infantil. “En general se da por sentado que todos los padres tienen derecho a que se les honre, aun cuando hayan actuado de manera destructiva con sus hijos”, escribe Miller. En este sentido solo podemos vivir nuestras vidas y cambiar nuestra forma de ver.
Alice Miller en su libro “El cuerpo nunca miente” que recomiendo leer a todo el mundo, pues es sencillo, ameno y fácil de entender. Muestra cómo repercute en nuestro cuerpo y psicología toda la violencia ejercida en la infancia, toda forma de maltrato encubierta, las humillaciones, las emociones intensas negativas, los recuerdos reprimidos, los abusos, las heridas sufridas durante la infancia. Todo ello repercute en nuestro cuerpo. En el libro se aportan datos muy interesantes sobre este detalle, en las vidas de artistas y escritores analizadas por la autora. Todos ellos sufrieron en alguna medida enfermedades psicológicas proyectadas en sus propios cuerpos. “El cuerpo no entiende esta moral”, “El cuerpo no se deja engañar por las palabras como hace nuestra mente” dice la autora.
Es un libro muy interesante revelador, que su lectura te hace reflexionar, intentando que en esta sociedad vivamos de forma más real. Aspirando a una comunicación emocional más auténtica, sin mentiras. Vivir la auténtica experiencia de ser escuchado, comprendido, aceptado, emocionalmente. Un libro que te hace crecer como persona. Para terminar citare una frase de la autora que me parece clarificadora “El amor que excluye la sinceridad no puede llamarse amor”.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Nicolas Loyseleur
Vidas Imaginarias de Marcel Schowb. Cuento:Nicolas Loyseleur.
Nació el día de la Asunción y fue devoto de la Virgen. Era costumbre en él invocarla en todas las circunstancias de su vida y no podía oír su nombre sin que los ojos se le llenaran de lágrimas. Después de haber estudiado en una pequeña boardilla de la rué Saint-Jacques bajo la férula de un clérigo flaco, en compañía de tres niños que mascullaban el Donado y los salmos de la Penitencia, aprendió laboriosamente la lógica de Okam. Así llegó muy pronto a ser bachiller y maestro en artes. Las venerables personas que lo instruían notaron en él una gran dulzura y una unción encantadora. Tenía labios gruesos de los que se deslizaban palabras de adoración. Tan pronto como obtuvo su bachillerato en teología la Iglesia puso sus ojos en él. Ofició primero en la diócesis del obispo de Beauvais, quien supo de sus cualidades y se valió de él para avisar a los ingleses que asediaban Chartres sobre ciertos movimientos de los capitanes franceses. Cuando tuvo más o menos treinta y cinco años de edad, se lo hizo canónigo de la catedral de Rúan. Allí fue buen amigo de Jean Bruillot, canónigo y sochantre, con quien salmodiaba bellas letanías en honor de María.
A veces le reprochaba a Nicole Coppequesne, que estaba en su capítulo, su enojosa predilección por santa Anastasia. Nicole Coppequesne no se cansaba nunca de admirar el hecho de que una muchacha tan sensata hubiese encantado a un prefecto romano hasta el punto de hacer que se enamorara, en una cocina, de las marmitas y calderos, a los que besaba con fervor; y tanto como que, con el rostro todo ennegrecido, volviese parecido a un demonio. Pero Nicolás Loyseleur le demostraba cuan superior había sido el poder de María al devolverle la vida a un monje ahogado. Era un monje lúbrico, pero que nunca había omitido reverenciar a la Virgen. Una noche, cuando se levantaba para acudir a sus malas acciones, tuvo la precaución, al pasar por delante del altar de Nuestra Señora, de hacer una genuflexión y saludarla. Su lubricidad hizo que aquella noche se ahogara en el río. Pero los demonios no alcanzaron a llevárselo y cuando los monjes sacaron su cuerpo del agua, al día siguiente, volvió a abrir los ojos, reanimado por la graciosa María. "¡Ah! esta devoción es un remedio selecto –suspiraba el canónigo– y una venerable y discreta persona como usted, Coppequesne, debería sacrificar por ella el amor a Anastasia
La gracia persuasiva de Nicolás Loyseleur no fue de ningún modo olvidada por el obispo de Beauvais cuando comenzó a instruir en Rúan el proceso de Juana la Lorenesa. Nicolás vistió hábitos cortos, laicos y, con su tonsura oculta bajo una capucha, se hizo introducir en la pequeña celda redonda, debajo de una escalera, donde estaba encerrada la prisionera.
–Juanita –dijo, permaneciendo en la sombra– me parece que es Santa Catalina quien
me envía a ti.
–Pero en nombre de Dios, ¿quién es usted, entonces? –dijo Juana
–Un pobre zapatero de Greu –dijo Nicolás– ¡ay! de nuestro desgraciado país; y los "gotones" me han prendido como a ti, hija mía. ¡Quiera el cielo derramar sus loas en ti! Te conozco bien, sí; te vi una y otra vez cuando ibas a orar a la muy santa Madre de Dios en la iglesia de Santa María de Bermont. Y contigo con frecuencia oí las misas de nuestro buen cura Guillaume Front. Ay, ¿recuerdas acaso a Jean Moreau y a Jean Barre de Neufcháteau? Son mis amigos.
Entonces Juana lloró.
–Juanita, ten confianza en mí –dijo Nicolás–. Me ordenaron clérigo cuando era niño. Y fíjate, aquí está la tonsura. Confiésate, hija mía, confiésate con toda libertad, pues yo soy amigo de nuestro gracioso rey Carlos.
–Me confesaré de muy buena gana con usted, amigo mío –dijo la buena Juana.
A todo esto, se había hecho un agujero en la muralla y afuera, en un peldaño de la escalera, Guillaume Manchón y Bois-Guillaume escribían la minuta de la confesión. Y Nicolás Loyseleur dijo:
–Juanita, persiste en tus palabras y sé constante: los ingleses no se atreverán a hacerte
Daño
Al otro día Juana compareció ante los jueces. Nicolás Loyseleur se había colocado con un notario al abrigo de una ventana, detrás de una cortina de sarga, con el propósito de dar cabida sólo a las acusaciones y pasar por alto los descargos. Pero los otros dos escribanos protestaron. Cuando Nicolás reapareció en la sala le hizo furtivas señas a Juana para que no pareciese sorprendida y asistió con seriedad al interrogatorio.
El 9 de mayo, opinó en la gran torre del castillo que los atormentamientos eran
urgentes.
El 12 de mayo, los jueces se congregaron en la casa del obispo de Beauvais con la finalidad de deliberar acerca de si era útil someter a Juana a la tortura. Guillaume Erart pensaba que no valía la pena, pues ya había material bastante amplio y sin tortura. El abogado Nicolás Loyseleur dijo que le parecía que como medicina para su alma, sería bueno que se le diese tormento; pero su consejo no prevaleció.
El 24 de mayo Juana fue llevada al cementerio de Saint-Ouen, donde se la hizo subir a un patíbulo de yeso. Encontró al lado de ella a Nicolás Loyseleur, quien le hablaba al oído en tanto que Guillaume Erart le predicaba. Cuando se la amenazó con el fuego se puso blanca; mientras la sostenía, el canónigo guiñó el ojo a los jueces y dijo: "Abjurará. Le llevó la mano para que marcara con una cruz y un redondel el pergamino que se le tendía. Después la acompañó hasta debajo de una pequeña puerta baja y le acarició los dedos.
–Mi Juanita –le dijo– ha sido esta una buena jornada para ti; así lo quiera Dios. Has salvado tu alma. Juana, ten confianza en mí, porque si tú lo quieres, serás liberada. Acepta tus vestimentas de mujer; haz todo cuanto se te ordene; de otra manera, estarás en peligro de muerte. Pero si haces lo que te digo, serás salvada, habrá para ti mucho de bueno y no sufrirás ningún daño; y estarás bajo el poder de la Iglesia.
El mismo día, después de cenar, fue a verla en su nueva prisión. Era una habitación mediana del castillo a la que se llegaba por ocho peldaños. Nicolás se sentó en el lecho al lado del cual había un gran madero atado a una cadena de hierro.
–Juanita –le dijo– ya ves cuán grande ha sido la misericordia que Dios y Nuestra Señora tuvieron hoy para contigo, pues te han acogido en la gracia y misericordia de nuestra Santa Madre Iglesia; habrá que obedecer muy humildemente las sentencias y ordenanzas de los jueces y personas eclesiásticas, abandonar tus antiguas imaginaciones y no insistir en ellas, sin lo cual la Iglesia te abandonará para siempre. Ten, aquí tienes honestas vestimentas de mujer decente; Juanita, ten mucho cuidado con ellas; y haz que te rapen en seguida esos cabellos que te estoy viendo y que están cortados en redondo.
Cuatro días después, Nicolás se deslizó a la noche en la pieza de Juana y le robó la camisa y la falda que le había dado. Cuando se le anunció que había vuelto a vestir sus ropas de hombre dijo: "Ay, es relapsa y ha caído muy hondo en el mal!".
–Mi Juanita –le dijo– ha sido esta una buena jornada para ti; así lo quiera Dios. Has salvado tu alma. Juana, ten confianza en mí, porque si tú lo quieres, serás liberada. Acepta tus vestimentas de mujer; haz todo cuanto se te ordene; de otra manera, estarás en peligro de muerte. Pero si haces lo que te digo, serás salvada, habrá para ti mucho de bueno y no sufrirás ningún daño; y estarás bajo el poder de la Iglesia.
El mismo día, después de cenar, fue a verla en su nueva prisión. Era una habitación mediana del castillo a la que se llegaba por ocho peldaños. Nicolás se sentó en el lecho al lado del cual había un gran madero atado a una cadena de hierro.
–Juanita –le dijo– ya ves cuán grande ha sido la misericordia que Dios y Nuestra Señora tuvieron hoy para contigo, pues te han acogido en la gracia y misericordia de nuestra Santa Madre Iglesia; habrá que obedecer muy humildemente las sentencias y ordenanzas de los jueces y personas eclesiásticas, abandonar tus antiguas imaginaciones y no insistir en ellas, sin lo cual la Iglesia te abandonará para siempre. Ten, aquí tienes honestas vestimentas de mujer decente; Juanita, ten mucho cuidado con ellas; y haz que te rapen en seguida esos cabellos que te estoy viendo y que están cortados en redondo.
Y en la capilla del arzobispado repitió las palabras del doctor Gilles de Duremort:
–Nosotros, jueces, no podemos hacer menos que declarar a Juana hereje y
abandonarla a la justicia secular rogando a ésta que sea benévola con ella.
Antes de que la llevasen al melancólico cementerio, fue a exhortarla en compañía de
Jean Toutmouillé.
–Oh, Juanita –le dijo– no ocultes más la verdad; ahora tienes que pensar sólo en la salvación de tu alma. Hija mía, créeme, dentro de un momento, en la asamblea, humíllate y haz, de rodillas, pública confesión. Que sea pública, Juanita, humilde y pública, como medicina para tu alma.
Y Juana le rogó que se lo recordase por temor a no atreverse a hacerlo delante de tanta
Gente.
Se quedó para verla quemar. Fue entonces cuando se manifestó visiblemente su devoción por la Virgen. Tan pronto como oyó las imploraciones de Juana a Santa María, comenzó a derramar cálidas lágrimas. Tanto lo conmovía el nombre de Nuestra Señora. Los soldados ingleses creyeron que se apiadaba y lo abofetearon y lo persiguieron con la espada en alto. Si el conde de Warwick no hubiese tendido su mano sobre él, lo degollaban. Montó penosamente un caballo del conde y huyó.
Antes de que la llevasen al melancólico cementerio, fue a exhortarla en compañía de
Jean Toutmouillé.
–Oh, Juanita –le dijo– no ocultes más la verdad; ahora tienes que pensar sólo en la salvación de tu alma. Hija mía, créeme, dentro de un momento, en la asamblea, humíllate y haz, de rodillas, pública confesión. Que sea pública, Juanita, humilde y pública, como medicina para tu alma.
Y Juana le rogó que se lo recordase por temor a no atreverse a hacerlo delante de tanta gente.
Se quedó para verla quemar. Fue entonces cuando se manifestó visiblemente su devoción por la Virgen. Tan pronto como oyó las imploraciones de Juana a Santa María, comenzó a derramar cálidas lágrimas. Tanto lo conmovía el nombre de Nuestra Señora. Los soldados ingleses creyeron que se apiadaba y lo abofetearon y lo persiguieron con la espada en alto. Si el conde de Warwick no hubiese tendido su mano sobre él, lo degollaban. Montó penosamente un caballo del conde y huyó.
Durante largas jornadas anduvo errante por los caminos de Francia, no atreviéndose a volver a Normandía y temiendo a la gente del rey. Por fin llegó a Basilea. En el puente de madera, entre las casas puntiagudas, cubiertas con tejas estriadas en ojivas y los pimenteros azules y amarillos, de pronto se sintió deslumbrado ante la luz del Rin; creyó que se ahogaba, como el monje lúbrico, en medio del agua verde que se arremolinaba en sus ojos; la palabra María se ahogó en su garganta y murió con un sollozo. Nicolas Loyseleur
lunes, 21 de junio de 2010
Robert Walser

Muy señor mío:
Este peculiar tratamiento podrá darle la certeza de que el remitente le muestra absoluta frialdad. Sé que no es de esperar respeto por mí de usted y de los que son como usted; porque usted, y los que son como usted, tienen una desmedida opinión de sí mismos, que les impide comportarse con inteligencia y consideración. Sé con certeza que usted forma parte de esas gentes que se creen grandes por ser irrespetuosas y descorteses, que se creen poderosas porque disfrutan de protección, y que se creen sabias porque se les ocurre la palabrita «sabio». La gente como usted se atreve a ser dura, descarada, grosera y violenta frente a la pobreza y frente a la desprotección. La gente como usted posee la extraordinaria sabiduría de creer que es necesario estar en lo más alto en todo, poseer un gran peso en todas partes y triunfar a todas las horas del día. La gente como usted no se da cuenta de que eso es necio, de que ni entra dentro de lo posible ni puede ser deseable. porque sabe muy bien qué complicaciones e incomodidades traería darle un correctivo; pero con todo el favor y benevolencia de que goza, y los favorables presupuestos de que se rodea, aun así se sabe atacado; porque siente sin duda cuánto vacila. Traiciona la confianza, no mantiene su palabra, daña sin pensar el valor y el prestigio de aquellos que con usted tratan, los explota sin compasión cuando dice hacerles bien, traiciona al servicio y calumnia al amable servidor, es extremadamente voluble e inseguro y muestra cualidades que se pueden disculpar en una muchacha, pero no en un hombre. Disculpe que me permita tenerlo por muy débil, y permítame, junto con la sincera afirmación de que considero aconsejable mantenerme en el futuro profesionalmente a distancia de usted, la aun así necesaria medida y el absolutamente dado grado de respeto por parte de un hombre que tuvo la distinción y el desde luego moderado placer de conocerle.
Aquí esta una pequeña recensión de un escrito del libro de Robert Walser, "El Paseo", es un gran escritor, que escribió de forma sencilla pero magistral, todos sus libros son especiales, por su originalidad y sencillez. Un autor de obligada lectura, que tuvo una vida muy peculiar.
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