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Blog de Ricardo Pérez Roda.

martes, 16 de abril de 2024

Un día llegamos hasta el nacimiento del Guadalquivir ¿(cuanto tardaría don Antonio Machado, en alcanzarlo desde Baeza en la segunda década del siglo XX)?, pasando por El Calderón, propiedad de un señor llamado Tamayo, que hacía varios años que no venia. Pero allí estaba el matrimonio joven encargado de la misma. Juan Castañeda y María Montero, que nos enseñaron los jardines, las fuentes, el agua brotando del suelo, más a medida que me aproximaba a la orilla del Guadalquivir, en pequeños pero numerosos borbotones. El Guadalquivir, de agua límpida, sonora y mimosa, a once grados de temperatura, nos recibió completamente en cueros. Otro día fuimos hacia el Tranco. Se nos acerco un guarda jurado, prudente extrañado de que estuviera allí tratando de hacer una foto a un insecto posado en un arbusto. Vigilaba a posibles pescadores. Conversando, me conto que por allí venia Franco a cazar una o dos veces al año, y que había estado varias veces con él en el puesto. La última, cuando mato de un solo tiro, al venado de mayor cornamenta de toda su vida de cetrería. Sin malicia, como un servicio prestado al Caudillo, me describió la estrategia. Durante más de un mes, día tras día, colocaba cebo para el animal en el mismo sitio y a la misma hora. El ciervo acudía puntualmente, al principio con cierta desconfianza, luego plenamente tranquilo. Vino el Caudillo, se le dio cuenta del plan y acudió a su puesto, con su médico y el guarda. Se apostaron los tres hasta que, con absoluta inocencia, a su hora. Sin prisa, después de mirar a un lado y a otro, inclino su cabeza para comer del manjar traiciones. Cuando la levanto, el Caudillo, con su rifle de mira telescópica, disparo un solo y eficaz tiro, que dio con el animal en tierra. El animal fue transportado entre varios hasta el pueblo de la Iruela para que se ocupara de él un taxidermista. Del libro Casa del Olivo de Carlos Castilla del Pino.

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