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Blog de Ricardo Pérez Roda.

lunes, 13 de julio de 2026

Eutanasia y Maltrato Psicologico


 

Lo sucedido con la Ley de Eutanasia en España, y en concreto con el último caso ocurrido en Cataluña con Noelia Castillo, pese a todas las garantías legales que la ley pueda habilitar al respecto, me parece de una gravedad extrema. Una persona con los antecedentes psicológicos de Noelia Castillo no está en condiciones de habilitar, para su propia vida, una medida tan extrema como la eutanasia. Su discernimiento vital está muy deteriorado por la enfermedad psicológica que sufría. Pero, pese a todo ello, las autoridades, con la ley en la mano, accedieron facilitándole todas las medidas necesarias para que su eutanasia fuera efectiva. Esta persona sufría una enfermedad psicológica severa, de gran gravedad. Las autoridades políticas y sanitarias lo sabían; cómo no lo iban a saber, si hoy en día en España a las autoridades políticas, que son las que mandan, no se les escapa detalle alguno en relación con cualquier ciudadano, sea conocido o no conocido. No se le hizo una evaluación independiente, no verificaron la intención real de la paciente ni su voluntariedad auténtica. Simplemente ignoraron todo problema que pudiera impedir la efectividad de la eutanasia. Eso me parece gravísimo y dice mucho de las actuales autoridades políticas que tenemos hoy en día en España. En mi opinión, era deber de las autoridades conocer los antecedentes psicológicos de la paciente y valorar con el máximo rigor si reunía las condiciones para prestar un consentimiento plenamente libre e informado. Gentes siniestras que ocultan sus estrategias bajo la máscara de la hipocresía. En este aspecto voy a referenciar mi caso, porque en mi opinión es un ejemplo susceptible de convertirse en realidad si alguien con ideas siniestras se lo propone. Mi caso es el siguiente: durante casi treinta años he sido objeto de una campaña de acoso, abuso y maltrato psicológico durísimo, diría que casi infernal. No había día ni hora en que no fuera objeto de ese brutal maltrato psicológico al que he sido sometido durante todo este tiempo. No voy a contar cómo comenzó todo, porque en este país en el que vivimos hace mucho tiempo que dejé de creer en las casualidades. Un maltrato psicológico muy difícil de demostrar, pero que era real, existía, y en la ciudad donde vivo todo el mundo lo sabía. Si te conocía hasta el apuntador, sin ser famoso, por algo sería, no por casualidad. Lo he pasado muy mal; he tenido días, semanas y meses muy, pero que muy malos. No sabes cómo seguir, tienes todos los caminos cerrados. Por mucho que intentes protegerte, tus acosadores te demuestran que no tienes salida alguna. Te indican sin palabras, pero con hechos, que la única solución que tienes es sufrir y aguantar, porque nadie te va a creer si lo cuentas; es más, si lo cuentas van a pensar que estás loco de remate, que todo son imaginaciones tuyas. Incluso cuando en una ocasión acudí a un medio de comunicación con la esperanza de ser escuchado y visto —pues era completamente invisible— y llamé suavemente con los nudillos, sin pretender hacer daño ni romper nada, al poco salió una persona responsable del medio y casi llegamos a las manos. Quería llamar a la policía porque, en mi ingenuidad, intenté hacer visible mi maltrato psicológico. No relato este episodio para señalar o desacreditar a nadie, sino para dar testimonio de la soledad y la impotencia en que me he encontrado durante todos estos años. Qué ingenuidad más grande. Pues bien, si todo esto que me ocurrió —y quizá me sigue ocurriendo, porque a día de hoy nadie me ha garantizado que el acoso, abuso y maltrato psicológico no siga en vigor— hubiera derivado en una depresión gravísima, si en esa dinámica hubiera caído en una desesperación extrema y se me hubiera ocurrido la idea de Noelia Castillo, hoy estaría en el cementerio de la localidad, con mis agresores disfrutando divinamente de sus vidas y exultantes de felicidad. ¿Ustedes creen que hay derecho? En mi opinión, no hay derecho, y mucho menos que disfruten de esa felicidad que, en sus siniestras y malvadas vidas, no se merecen; es decir, no se merecen ningún tipo de felicidad por ser tan malvados a sabiendas. Si una persona sometida durante años a un intenso sufrimiento psicológico llega a perder toda esperanza, ¿cómo podemos estar seguros de que una solicitud de eutanasia expresa una voluntad verdaderamente libre y no la consecuencia de un sufrimiento extremo que la sociedad no ha sabido entender ni aliviar? Ustedes dirán: “Eso no puede ocurrir en España, usted está diciendo disparates.” Piensen lo que quieran, pero muchas veces la realidad supera a la ficción, y esto es una realidad, una verdad que, si hubiera sido escrita como ficción, habrían tratado a su autor de maquiavélico, desalmado y truculento. Ricardo Pérez Roda, Villarreal (Castellón).

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